Cuando queremos hacer un viaje,
trazamos la ruta que nos llevará al lugar que nos hemos propuesto, no
sea, que por no estar claro nos perdamos y no lleguemos a lugar deseado. Algo
parecido sucede en este nuevo Tiempo Litúrgico que estamos iniciando. Ya que la
Cuaresma es un camino cuya meta es la Pascua. La Cuaresma es la carretera que
nos conducirá adonde queremos llegar: a la Pascua del Señor. Este camino durara
40 días…, en la meta nos espera Cristo resucitado. Ahora bien, no solo nos
espera, nos atrae, nos alienta y de algún modo nos acompaña.
Para no perdernos no olvidemos
que la Cuaresma no es la meta, sino el camino, y que al vivirla, “No
se trata de una liberación de nuestra pobreza y miseria, sino una liberación de
nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes; que no se trata de una liberación
de nuestras insuficiencias sino de nuestro consumo… que no se trata de una
liberación de nuestra impotencia, sino de nuestra existencia prepotente… que no
se trata de la liberación de nuestros sufrimientos, sino de nuestra apatía.”
J.B. Metz
En la Cuaresma ciertamente se nos
invita a “Cambiar”. Ahora bien, el cambio que se nos pide no es
solamente de imagen, o algún que otro retoque en nuestra vida, dejar algo que
nos sobra, recuperar algo que nos hace falta. Tampoco va en línea de
hacer uno que otro sacrificio o de añadir una práctica devocional. De lo que se
trata es de cambiar el núcleo íntimo del ser, “el corazón”. De
dar un giro a nuestra vida, un cambio de rumbo para “volverse a Dios”.
En este Año de la Fe, te invito
a encontrarte con el verdadero Dios, que no hace milagros fáciles
ni baratos, para favorecer caprichos. Que te llama a vivir tu fe no como una
oferta cuasi mágica en la que buscas salud o lo que sea en beneficio propio.
Que te llama al desierto, para que experimentes su ternura y su amor.
¡Atrévete! y celebraras una Pascua diferente.
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